El Legado de la indiferencia

by
Share This Article

Alberto The Inheritence of Apathy IMG MD
Por Alberto Moreno
Hay un tren. El tren no es La Bestia. El tren es y no es el tiempo. Es y no es, progreso. El tren es viejo ahora. Yace fuera de comisión en un osario en algún lugar. Quizás ya fue derretido. Nadie puede saberlo. Nadie vive ya, para contarlo. Pero ahora no es la hora. Primero debemos retroceder en el tiempo. Debemos deshacer el progreso. Imagínese una hora más oscura que ahora. Debe imaginarse 1942. Imaginarse el momento cuando un hombre utilizó el patriotismo para atizar y avivar las llamas del temor y odio. Utilizó el orgullo nacional para primero marcar y luego exterminar millones de judíos. Debemos usar el tiempo como espejo. Para ver lo que se refleja desde el abismo del tiempo. Primero debemos dar marcha atrás a los motores del tiempo. Poner el rechinante y agitado tren en reversa. El tren, bufando vapor, está hecho de lo oscuro, de hierro y tiempo. Antes de imaginarlo. Debe imaginar primero los obreros mexicanos encorvados hasta abajo con el peso de palancas y mazos construyendo la via para llevar el tren al norte. Siempre al norte. Debe imaginarse la locomotora cobrando vida en Sinaloa, México. En esta vispera del cese de guerra. El tren resoplante empezará ahí. Rechinará sus ruedas. Hierro contra hierro hasta trompicar adelante a la noche distendida. El tren se llenará de mexicanos. Mexicanos que Estados Unidos ha invitado al norte. A plantar, labrar, y sembrar. Mientras sus propios hombres combaten el terror en costas ajenas. Debe imaginar un silencio permisivo. Silencio tan profundo. Silencio que sentado vio como millones de judíos eran arreados y transportados a campos de muerte en otros trenes atravesando las campiñas alemanas. Sin nadie para hablar por la muerte. Debe imaginarse esa muerte, la cual fue permitida por el silencio, mudo y pasivo. Debe imaginarse las plantas incineradoras extensas e inmensas. Debe imaginarse esta muerte cenicienta antes de imaginarse un hombre vestido en atuendo extraño perdido en las campiñas mexicanas. Debe mirar el ropaje oscuro del extranjero abordar este tren mexicano en esta estación mexicana. La vida en huida. Vida hambrienta. Vida desparramada en la oscuridad de la noche. Este extranjero oscuro. Esta vida errante. Permaneciendo como un pulgar lastimado en este desatado tren huyendo al norte. Debe mirar con el ojo de su mente, como un mexicano bajito se le acerca y le explica cuidadosamente que porque viste ropas tradicionales judías, lo detendrán los oficiales de inmigración y le prohibirán el paso. Debe ver a este mexicano sin nombre invitarlo a su hogar. Para alimentarlo y vestirlo de nuevo. Debe permitir esto. La posibilidad de bondad irracional, sin ser pedida, en la noche desenvolvente. El judío será alimentado por una semana. Recibirá ropas desgastadas pero útiles que no quedaran bien en su complexión larga y lánguida. Y será abordado una vez más en este tren. Sabemos esto con certitud porque la historia está preservada y transportada en el tierno ADN de su nieto. Y setenta años después el doctor Phil Newman me cuenta cómo su abuelo llegó con seguridad a Estados Unidos como contrabando. “En esta época de gran intolerancia, este hombre. Este mexicano, salvó la vida de mi abuelo,†me cuenta el Dr. Newman. Antes de poder ver esto como posible, debe imaginarse la intolerancia engendrada por el silencio. Porque mientras millones de judíos eran exterminados, millones de alemanes no dijeron nada. Pero esto fue hace más de 70 años, y seguramente nada como eso puede suceder de nuevo. Hemos progresado tanto como humanos que esto simplemente no es posible ya. No en Estados Unidos. Seguramente nunca permitiremos el tipo de discurso de odio que hizo esa xenofobia posible. No lo toleraremos otra vez, mucho menos alimentar ese tipo de discurso en Estados Unidos. Es antitético a los Estados Unidos, se puede decir. Y ahí está de todos modos: Trump. Trump que propone acorralar y arrear seres humanos en base a su etnicidad, su religion, su apariencia. Trump y sus seguidores que quieren prohibir y deportar millones de seres humanos. Hasta proponiendo centros de concentración para musulmanes estadounidenses. Trump quien ha prometido deportar nuestros hijos Quién le ha llamado a usted mula de carga para traficantes Quien ha invitado la violencia contra nuestras familias Quien cuenta en nuestro silencio. Nuestra apatia. Nuestra falta de acción. En nuestra invisibilidad política En nuestro temor preseleccionado. Y podemos tener la tentación de ignorarlo. Decir que es un caso aparte. Que es el ego, haciendo ruido insignificante. Excepto que millones que se consideran cristianos, y republicanos, orgullosamente endorsan y hasta celebran sus palabras. Algunos de sus seguidores han sido incitados a la violencia en su nombre. Han declarado guerra: Contra los pobres Contra quienes tiene piel más oscura que la nuestra Contra aquellos que tienen tierras que contienen El petróleo que necesitan o codician. Trump ha declarado una guerra contra las mujeres Contra los que son homosexuales Contra aquellos que son distintos que nosotros Contra los que creen en un dios que no es blanco Contra el inmigrante El forastero. Contra los que hablan Inglés trabado y enfrenado. Y aun asi no es Trump solo quien es el problema. Hitler hubiera sido solo otro hombre deludido con un complejo mesiánico si nadie hubiera accedido y actuado en base a su retórica de odio. Asimismo, son los millones de seguidores de Trump que brindan un agar fecundo para su odio quienes son preocupantes. Quienes se sienten vindicados en sus ideas pequeñas y su odio por el forastero. Del extranjero. Pero más alarmante aún es el resonante silencio de los que no dicen nada. El silencio permisivo de nuestros hermanos blancos que sentados ven y no hacen nada. Y como nos recordaría Edward Burke, “Lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada.†Y ya hemos ido demasiado lejos, visto demasiado odio, demasiada muerte. El Dr. Newman nos recordaría que hemos visto demasiada indiferencia para eso. No hemos progresado para ver esto. La indiferencia silenciosa no es nuestro legado divino. Somos y debemos ser mucho más.